El abuso

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Nº2037 - al de Septiembre de 2019
por Mercedes Rosende

Antes, como ahora, Uruguay era un país chico, pero con pretensiones.

Sus 3 millones y pico de habitantes lo llamamos “el paisito” con una modestia que mal disimula el orgullo y, para ilustrar un pasado de gloria, contamos que se lo llamó la Suiza de América. La mención, hecha por un asombrado periodista norteamericano de principios del siglo XX, aprovechada y exprimida por los sucesivos oficialismos de los partidos de gobierno, proclamada a los cuatro vientos, repetida una y mil veces durante décadas hasta quedar grabada a fuego en el inconsciente colectivo, hoy choca de lleno contra una realidad diferente que nos aleja del optimismo europeizante de aquella comparación.

Pero los uruguayos, ciudadanos de un país que sabemos ha conocido mejores días, no renunciamos a ver nuestra tierra como una isla de excepcionalidad en un continente en el que la regla puede ser la injusticia, la ilegalidad, la ignorancia, el delito. Frente a un café o en una rueda de mate o saboreando un tannat, esta gente un poco gris y un poco arrogante que somos destacará sus logros históricos en materia de derechos sociales y educativos, sacará a relucir algunos buenos indicadores actuales, una alta estima por la democracia, el ateísmo o laicidad de sus instituciones y, cómo no, los viejos éxitos en materia futbolística. Si el interlocutor no da muestras de estar impresionado por la enumeración de tantas conquistas, si no se inmuta frente al rosario de excepcionalidades, entonces se le mencionará un hecho que colocó al país, al menos por un tiempo, en el libro de Guinness de los récords: la operación El abuso.

Para situarnos en el tiempo, en el Uruguay de 1971 todavía no gobernaba la dictadura, pero tampoco faltaba mucho y el clima estaba dado.

El abuso, nombre en clave dado por sus ideólogos (que parece traslucir algo de sentido del humor), fue como se llamó a la fuga de más de una centena de presos políticos de la Cárcel de Punta Carretas en tiempos un poco anteriores a la dictadura militar. Épico, increíble, cinematográfico, el escape logró poner en libertad a 111 militantes políticos, entre ellos la cúpula del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, darle un duro golpe al gobierno y dejar presa del estupor a un país entero.

Los diarios con fotos en blanco y negro nos dicen que el 6 de setiembre de ese año los uruguayos despertaron sacudidos por la noticia: la fuga de la Cárcel de Punta Carretas, una cárcel de alta seguridad construida a principios del siglo XX y ubicada en plena ciudad, que ya había tenido su cuarto de hora de fama en 1931 cuando un grupo de ocho anarquistas huyó cavando un túnel.

En el escape de 1971 los presos limaron los barrotes, perforaron el cemento, cavaron en la tierra, fabricaron linternas, apuntalaron, ventilaron, construyeron desde adentro un túnel de 45 metros de largo que partía de la celda 73 situada a nivel del suelo, atravesaba la calle Solano García y desembocaba en una casa particular. Esa madrugada, los dueños de la vivienda vieron salir a más de 100 personas por un boquete de 50 por 60 abierto en el piso. Una hora después de la fuga los vecinos alertaron a la policía, que no les creyó hasta que se comprobó que varias celdas estaban vacías. Y después de contar vieron que en la prisión había 111 presos menos.

El túnel resultó una obra de ingeniería que no habría pasado inadvertida en ninguna cárcel. Y la fuga se produjo sin disparar un solo tiro.

Después de lo sucedido el gobierno convocó al Ejército para que interviniera en la lucha contra los grupos armados, y tal vez sea alrededor de esa misma fecha que nace el Órgano Coordinador de Operaciones Antisubversivas (OCOA).

Años más tarde, ya en democracia, varios de los guerrilleros que escaparon por el túnel ocuparon puestos de gobierno; uno de ellos, José Pepe Mujica, ganó las elecciones presidenciales, y Eleuterio Fernández Huidobro fue ministro de Defensa.

A cinco años de terminada la dictadura se construyó allí un Shopping Center. “Preferimos no identificarnos con la prisión, aunque mantuvimos algunos de sus elementos arquitectónicos”, dijo uno de los desarrolladores del Punta Carretas Shopping, y agregó: “Nuestra idea siempre ha sido asociar el centro comercial con la libertad y los valores tradicionales. Hemos convertido una prisión en un espacio de completa libertad”.

El expresidente uruguayo José Pepe Mujica tiene otra versión: “Esto era un monumento a lo gris, al dolor, y hoy tiene una apariencia de festividad. Son las mismas piedras, pero tienen otra pintura”.

A los uruguayos nos gusta pensar que formamos parte de un país chico, pero con pretensiones, un colectivo que recuerda y preserva, a veces hasta demasiado, la memoria viva de su historia. Sin embargo, en el centro comercial no se puede encontrar ningún rastro del túnel de los Tupamaros, ningún testimonio de la operación El abuso, nada en esa piedras que recuerde la que fue una de las fugas más importantes y cinematográficas en la historia.

El pasado, una parte del pasado de nuestro “paisito”, ha sido borrado.

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