El difícil oficio de ser ejemplar

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Nº2037 - al de Septiembre de 2019
por Fernando Santullo

Es habitual que a los deportistas se les pida que sean ejemplo para la sociedad, en particular para los niños. La idea es que como los niños practican y miran deportes, sobre todo fútbol, los deportistas deben actuar como espejo ejemplarizante para ellos. La trampa, creo yo, es que a los deportistas se les pide que sean ejemplo en cosas que no tienen la menor relación con el deporte y con los “valores” que este encarna o puede encarnar, sean estos cuales sean.

A los deportistas se les pide que sean faro en su comportamiento fiscal. O que se involucren en campañas de sensibilización en temas sociales. Que vayan a hospitales y se junten, aunque sea un ratito, con niños que están pasando momentos muy difíciles. En definitiva, que hagan un montón de cosas que no necesariamente se relacionan con su actividad profesional, pero que son entendidas como ejemplos morales por la sociedad. Y eso está bien: un niño hospitalizado agradecerá esa visita y la presencia de Diego Forlán puede ayudar a Unicef a difundir su agenda.

Lo interesante es que el deporte en sí, es decir, aquello que ocurre dentro de un campo, de una pista, de un gimnasio o de una piscina, puede ser un buen depósito y muestrario de valores para el colectivo. O un pésimo ejemplo, claro, eso dependerá de la conducta de cada deportista y de cada institución deportiva. Lo llamativo es que ese depósito de valores no sea casi nunca invocado a la hora de pensar en ejemplos morales para la sociedad y que, en cambio, lo que se pide a los deportistas es que sean morales en aspectos no deportivos de su vida.

A veces, sin embargo, aparecen en el horizonte deportistas que no necesitan visitar un hospital para señalar a la sociedad qué valores les parecen importantes. Les alcanza con mostrarlos a cada instante en su actividad profesional. Con actuar de manera profunda de acuerdo con aquellos valores que siempre destacamos del deporte aunque no siempre estamos dispuestos a practicar en nuestras vidas: espíritu de superación, sacrificio, tesón, resistencia, habilidad, inteligencia, resiliencia, respeto por el adversario (que nunca es un enemigo, solo un rival), respeto por las reglas de juego, caballerosidad en el juego, valentía, capacidad de tomar decisiones, responsabilidad, liderazgo, etc. No recuerdo ninguna campaña pública en donde apareciera un deportista recordando que respetar las reglas de juego como él las respeta, es una forma de afianzar la democracia, por ejemplo. Quizá existió y me la perdí, pero de verdad que no recuerdo nada parecido.

Se dirá: “Es difícil ser ejemplo en todas esas cosas cuando el fútbol es corrupto y hasta con el VAR se hacen trampas”. Y, hasta cierto punto, es verdad. El deporte, como cualquier otra actividad humana, tiene un margen de falibilidad. Es realizado por personas y las personas, lo sabe cualquiera que tenga una mínima vida social, pueden cambiar de opinión, pueden mentir, pueden fingir, corromperse y hasta cosas peores. En el deporte, por tratarse de actividades que se realizan de acuerdo con un reglamento establecido, esos patinazos, vueltas en el aire y demás, suelen ser más transparentes que en otras áreas de actividad humana. Es cierto, el deporte real nunca será idéntico al deporte imaginado por el reglamento.

Pero una cosa es asumir ese “margen de humanidad” y otra, muy distinta, concluir que del deporte y los deportistas no se puede extraer ninguna experiencia valiosa para el colectivo. Llevado a la vida política, esto sería como decir que dado que la democracia no es infalible y no ha demostrado funcionar siempre al 100%, lo mejor es tirarla al tacho de la historia y cambiarla por algo que aún nadie ha demostrado empíricamente pueda mejorarla.

De ahí que esté convencido que del deporte y, en particular, de algunos deportistas concretos, se pueden extraer experiencias ricas para la mirada social. Y no necesariamente se trata de los mismos deportistas que suelen hacer las actividades que la sociedad les reclama como gesto de “compromiso”. El “compromiso” de los deportistas en lo que estoy pensando es con su oficio, con su actividad, con su profesión. Un compromiso que cuando es verdadero, solo pocos son capaces de llevar hasta sus consecuencias más extremas. Pienso en tipos como Rafa Nadal, que acaba de ganar por cuarta vez, a los 33 años, el Abierto de Estados Unidos.

Como decía su tío Toni Nadal en una entrevista de hace unos años: “Rafa, probablemente, es el jugador que más partidos gana jugando mal”. Dado que Nadal es un deportista que lo ha ganado todo ¿qué quiere decir su tío con esto? Que ganar cuando estás jugando bien es más fácil que ganar cuando uno no las tiene todas consigo. Pensando en el tenis, cuando todos los golpes te salen bien y los puntos a favor fluyen, no hace falta buscar enormes cantidades de concentración, energía e inteligencia dentro de uno para salir adelante. Otra cosa es lograr una victoria cuando los tiros no entran, cuando hay que poner el 100% de lo que se tiene para ganar trabajosamente cada punto. Nadal ha ganado un montón de partidos jugando bien pero es verdad lo que dice su tío, también ha ganado un montón de partidos jugando mal. Partidos que, por jugarlos mal, casi cualquier otro tenista los habría perdido.

Nadal juega todos sus partidos con una seriedad absoluta. De hecho, muchos fans del tenis lo consideran un soberbio por su cara de culo constante. Yo veo, en cambio, a un tipo que sabe que no puede darse el lujo de siquiera sonreír porque, lo tiene claro, esa sonrisa lo puede sacar del lugar exacto en donde se coloca para intentar ganar el siguiente punto. Y Nadal es de esos jugadores que ganan los partidos punto a punto, peleando todos y cada uno de ellos como si fuera el punto final de su carrera. Como si no existiera rival chico ni fácil. Como si fuera igual la final del Abierto de Estados Unidos y cualquier torneo de medio pelo. Joder, si hasta puedo imaginar a Nadal trancando con la cabeza en un picado de playa entre amigos.

Si la ética de trabajo de Nadal pudiera ser replicada en los Parlamentos del mundo, las democracias sin duda funcionarían mucho mejor y tendríamos mejores leyes. Si la intensidad que le pone al asunto fuera trasladable a la gestión de las burocracias, todos seríamos ___________ (complete con su país eficiente favorito). Y aunque es verdad que Nadal ha tenido muchas de esas otras acciones ejemplares fuera del deporte (pienso en cuando cedió las instalaciones de su academia de tenis luego de unas inundaciones en su ciudad natal el año pasado, además de donar un millón de euros a los damnificados), creo que en su caso no hacen falta.

Como me decía un amigo: “Rafa es El Deporte. Es lo que siempre nos dijeron que el deporte debe representar. Caballerosidad, capacidad de dar vuelta la tortilla, valentía, encare, búsqueda de superación a las propias limitaciones”. Ya que El Deporte es también muchas otras cosas, algunas no tan buenas, reconozcámonos en quienes son ejemplares en el compromiso radical con su oficio, en poner todos sus valores deportivos en juego en la cancha. Como espejo en el cual mirarse como colectivo, eso ya es un montón.

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