Ellos y nosotros

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Nº2045 - al de Noviembre de 2019
por Fernando Santullo

Entre las cosas que más me llaman la atención de algunos de mis conciudadanos es la excitación que les producen unas elecciones. Me llama la atención porque pareciera que el resto de los aspectos de su vida quedaran en suspenso hasta que llega el magno día. Y al día siguiente, pasado el asunto de depositar el voto en la urna, ahí sí vuelven las preocupaciones por el clásico, las milanesas, los gatitos y Greta (a favor o en contra, faltaría más). Me llama la atención, finalmente, porque pareciera que, lejos de seguir la lógica según la cual es tarea de los partidos convencer a la gente, es la gente la que intenta convencer a otra gente de que le dé pelota a su partido.

Por ese estado de ánimo es que resulta difícil encontrar gente que sea capaz de mirar en el mediano o largo plazo. Gente que sea capaz de recordar que, gane quien gane, todos seguiremos viviendo en este mismo país que hoy parece dividirse en bloques antagónicos. Parece nomás, porque una cosa son (estoy aburrido de recordar esto) los partidos y su agenda y otra los ciudadanos. Pero ojo, esto no es un problema solo de los ciudadanos, es un problema también de todo el sistema político, al que por razones precisamente electorales le resulta casi ontológicamente imposible pensar mas allá de los cinco años que van de una elección a otra.

Los partidos (que siempre son parte y nunca el todo) necesitan de la existencia de esos bloques. El ciudadano en cambio, no. Porque una cosa es el ecosistema partidario, y su lógica de identificar aquel votante que los vaya a favorecer con su voto, y otra muy distinta la ciudadanía, esa que no pregunta al almacenero que le vende aceite o al mozo que le trae la cuenta cuál es su partido. El ciudadano vive rodeado de otros ciudadanos con los que interactúa de mil maneras que no se relacionan con lo partidario. Pero que sí se relacionan con una noción democrática de la ciudadanía, de la vida en común. De ahí que los modales, la cortesía, la amabilidad, el trato cordial sean parte del aceite ciudadano que mueve las relaciones interpersonales en nuestras sociedades complejas.

Por eso resulta doloroso y peligroso ver cómo una parte nada despreciable de la ciudadanía asume de manera mecánica las propuestas de los partidos respecto al relacionamiento con el resto de los ciudadanos. No necesariamente porque el partido se lo demande de manera explícita. Muchas veces porque el partido usa una dureza de palabras y de conceptos que resultan inadmisibles en el trato entre personas. Quiero decir, un partido puede reaccionar de muchas maneras a los vaivenes electorales, algunas serán más amables, otras menos. Algunas le arrimaran votos y otras se los alejaran. Pero los partidos, como estructuras que tienden a permanecer y a perpetuarse más allá de las personas, no sufren de primera mano los efectos de la erosión de la convivencia. Las personas, en cambio, sí. Las sufren en, valga la redundancia, primera persona.

En resumen, que los partidos tienen, por distintas razones políticas (una elección, el intento de justificar una postura propia o señalar negativamente una postura ajena), toda clase de incentivos para parcelar la población y construir un “otro” que sea funcional a sus intereses como organización. Ese “otro” puede tener muchas formas aunque en las ideologías de sesgo autoritario por lo general asume la forma de la descalificación: el otro suele ser el mal. O, como se lleva en estos tiempos de ideologías diet, el otro suele ser el “facho”. El uso problemático de ese “otro” tienen entonces un doble aspecto.

Primero, que cuando un partido llega al poder, cuenta con los recursos del Estado para intentar construir ese “otro”. Y que, una vez establecida la opción propia como única norma (de ahí viene “normal”), el otro puede ser señalado desde esos poderes, relegado a ser un “viejo que atrasa” y configurado como anomalía en esa nueva y naciente normalidad. Y, segundo, que ese patrón es de manera progresiva introyectado (“la introyección es el proceso psicológico por el que se hacen propios rasgos, conductas u otros fragmentos del mundo que nos rodea”, dice Wikipedia) como lo que es normal por una parte de la ciudadanía. Esa introyección, empujada desde el Estado y dotada del tufillo autoritario que le confiere creerse la única opción “normal”, usando todos sus aparatos ideológicos, coloca a otra parte de la ciudadanía (la que “atrasa”) en la posición de ser un “otro” peligroso, uno que opera fuera del “debe ser”, uno que no es de los “buenos”, uno que puede y debe ser borrado del mapa por todo su potencial maligno.

Como apuntaba el profesor Aldo Mazzucchelli, en un texto que escribió a propósito de la construcción del otro y que tituló elocuentemente La necesidad de monstruo, “ese esquema es maniqueo, autoritario, y se basa en negar la parte de razón que llevó y lleva siempre el Otro”, para luego agregar “el mecanismo es más atroz porque alguna gente buena lo sigue teniendo inoculado sin saberlo, y hace el discurso autoritario sin serlo ellos mismos”. Y concluía: “Simplemente, el Otro no puede existir en su mundo. O es dominador, o es dominado. O es violento, o violentado. Vencedor o vencido. No conciben un mundo distinto a ese —aunque a veces invocan el ‘amor’— siempre, claro, como algo que ellos solos tendrían o podrían sentir”.

De hecho, creo que si existe un “ellos” y un “nosotros” que resulta más o menos distinguible es el que separa a partidos políticos de ciudadanos. Es un error creer que se trata de la misma cosa, un error que históricamente las democracias pagaron carísimo cuando el advenimiento de los totalitarismos europeos de los años 30 del siglo XX. Entonces, una cosa es que los partidos se preocupen por identificar bloques y por colocar al “otro”, ese malvado, en el bloque ideológico de enfrente, y otra cosa es que la ciudadanía acepte de manera entusiasta esa división. Nuestra vida no se suspende, gane quien gane. Nuestro almacenero seguirá siendo el mismo, vote a quien vote. Y ese voto no lo convierte en el “otro” diseñado por los partidos, especialmente por aquellos que muestran signos totalitarios en una de cada dos declaraciones que hacen.

Y es que si existe otro “ellos” y “nosotros” que viene creciendo a una velocidad acalambrante es aquel que separa a demócratas de autoritarios. Ese eje que atraviesa el más tradicional de izquierda versus derecha, un eje clásico que poco nos dice sobre el actual mapa de estallidos sociales de todo signo de estos últimos tiempos. En Uruguay tenemos unas posibilidades excelentes de mantenernos como una isla de estabilidad democrática en un mapa cada vez más tironeado. Actuemos como ciudadanos y cuidemos esas libertades que son de todos, no solo de los “nuestros” ni de ningún partido.

✔️ La democracia imperceptible

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