Entre el encierro y la negligencia: la región y sus liderazgos a prueba

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Nº2065 - al de 2020
por Fernando López D’Alesandro

Que en la segunda década del siglo XXI estalle una pandemia global, tan medieval como futurista, abre un abanico de interrogantes y cuestionamientos sobre los sistemas sociales y económicos, acerca de las pautas culturales que nos han regido, y también instala tantas incertidumbres como temores de cara a un futuro que se tornó más inasible que hace pocos días. Para América Latina todo se vuelve más complejo, las soluciones más brumosas, menos optimistas. A la grave crisis económica que agobiaba al capitalismo en el mundo, se suma el Covid‑19, un enemigo invisible y letal, que empeora un panorama problemático para, quizá, transformarlo en desolador. Es la muerte —tan poco nombrada en estos días— la que hizo su aparición como nuevo factor que pone sobre la mesa de las prospectivas demasiados dilemas, todos ellos críticos y dolorosos. El primero es cómo combatirla eficazmente, porque si triunfa no importará qué economía tendremos ni qué proyecto social se instalará, pues muchos no estarán para disfrutarlos o padecerlos.

Y el combate a la pandemia presenta diferencias que nos afectan a pesar de las fronteras. Una mala medida, donde sea, puede llevar la muerte a sitios tan distantes como desconocidos. ¿Quién sabía de la existencia de un lugar llamado Wuham hasta hace unas semanas? Por eso, las decisiones del vecindario no son meras informaciones internacionales, son hechos que nos afectarán de distintas formas, y en esa variedad puede estar la vida o la muerte.

Jair Bolsonaro pone un tono preocupante. Diversas fuentes dudan de su equilibrio emocional para enfrentar la crisis y cada día la palabra impeachment cobra más fuerza en los corrillos de Brasilia. Cargado de mensajes contradictorios, el presidente brasileño se presenta con barbijo en TV, para el 15 de marzo realizar su marcha contra la Justicia y el Parlamento, desdeñando el peligro para la población a pesar de la realidad global. Finalmente sostuvo, con un poco de pesadumbre, que sentía el hecho de que muchos murieran inevitablemente. Poco antes, su hijo Eduardo culpó de la pandemia a China y a su falta de libertad, provocando un conflicto diplomático con el principal cliente e inversor que fue apagado rápidamente por el vicepresidente Mourão, subrayando que Eduardo Bolsonaro no representa al gobierno. El domingo 22 el presidente firmó un decreto que autorizaba a las empresas a no pagar los salarios por cuatro meses, para derogarlo a las 24 horas, en un nuevo capítulo de su estrategia de tensar la cuerda para decidir después ante las respuestas sociales. Fueron varias gotas que desbordaron el vaso del hartazgo de muchos de sus aliados políticos y sociales, que ven como aquel presidente que derrotó a la izquierda hoy muestra negligencia fundada en una concepción de sociedad donde siempre hay ganadores y perdedores; sucede que hoy ese juego se paga con la vida y el premio le puede tocar a cualquiera, en una favela o en una mansión.

Argentina recibió la pandemia en medio de una grave crisis económica autóctona, a la que se sumó la global. En un país con regiones pauperizadas, con problemas graves de acceso a servicios —en el norte hay vastas regiones sin agua potable—, con una desocupación y marginalidad que avanzó con Macri, el gobierno de Aníbal Fernández tomo medidas radicales y, casi, desesperadas. Fijó precios, otorgó créditos, suspendió pagos, repartió bonos y encerró a todos los argentinos en una cuarentena obligatoria. El presidente paraguayo Mario Abdo Benítez cerró las fronteras —un hecho histórico—, prohibió la circulación de las 20.00 a las 4.00 con penas de multa y cárcel, acordó la refinanciación de las deudas de las cooperativas, de las medianas empresas y del sector financiero. Mientras escribimos esta nota, Paraguay se apresta a aprobar un plan de emergencia que habilita la moratoria, la congelación salarial y una subvención de 1.600 millones de dólares para amortiguar la crisis productiva y social.

Cuando analizamos nuestro vecindario cercano, queda claro que tanto Abdo Benítez como Fernández se fortalecen políticamente por la velocidad ejecutiva de las medidas adoptadas. Los presidentes de Paraguay y Argentina necesitan efectos inmediatos en momentos de crisis por las formas de los estados que gobiernan. El primero ejerce un poder en el que la Asociación Nacional Republicana (Partido Colorado), gracias a la Constitución posdictatorial, ocupa los lugares clave, donde el Parlamento opera como el ámbito consensuado de negociaciones de una corporación política que permitió la caída de Stroessner, pero no de su poder colectivo. Abdo Benítez, hábil, tomó las medidas radicales en el marco de una grave recesión económica declarada a mediados de 2019 y que no tenía pronta solución. La pandemia afirmó su liderazgo; el peligro acalló opositores y competidores.

Argentina presenta un Estado con problemas de larga data, tal vez el más notorio es su falta de imperium institucional que llegue a todo el territorio. Los presidentes, desde siempre, deben “acumular poder”; la banda y el bastón no garantizan el mando en ese Estado débil, con el poder fragmentado, donde las corporaciones y los localismos jaquean, presionan y, a veces, mandan. Alberto Fernández aprovechó la pandemia para afirmar su autoridad, eclipsando a todos, especialmente a su vicepresidenta, esa sombra que lo avala, ese peligro constante. Todos instan al presidente a que asuma su rol de guía y timonel, y Fernández gustoso toma su papel, donde se lo nota tan cómodo como solvente. ¿Podrá el coronavirus traer, finalmente, la construcción del poder central en la Argentina?

Mientras Paraguay y Argentina tienen gobiernos que ejecutan acciones decisivas, que los prestigian y los empoderan, Bolsonaro se resiente, a pesar de gobernar el país más poderoso y con el Estado más estructurado. Su desprestigio es tal que, cuando le preguntaron en rueda de prensa sobre la baja abrupta de su popularidad, calificó a la periodista de “antipatriota”… Mientras los contagios llegan a niveles inesperados en todo Brasil y la inoperancia estatal asombra al mundo, el presidente calificó la semana pasada al Covid‑19 de “gripecita”, mientras presentaba a la muerte como el resultado inevitable, como un dato frío y desangelado.

Nadie sale de estas crisis sin cambiar, sin replantearse en algo las formas de ser o de vivir. Lo mismo sucede para los gobiernos y sus dirigencias, cuando son conscientes de sus roles actuales e históricos. La región no será la misma cuando esto termine. La crisis económica y social será la primera prioridad de gobernantes y gobernados, y por estos lares, siempre, son más difíciles de remontar que en el mundo desarrollado. Para salir a flote con el menor sufrimiento posible se necesita hoy sembrar las opciones futuras y construir las herramientas que nos permitan recuperarnos. Cambiarnos en nuestras opciones es, tal vez, lo primero. No se valorará el papel del Estado de la misma manera, ni para los liberales ni para los más socializantes. No se debería hacer política con los mismos estilos, ni para las izquierdas ni para las derechas. La afirmación de las democracias, de los consensos y de la solidaridad en su más amplia acepción serán las primeras lecciones, tan importantes como obvias, así como nuevas visiones sobre el papel de la economía. Aquellos gobernantes que no las asuman quedarán por el camino.

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