Es la educación, estadista

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Nº2049 - al de Diciembre de 2019
por Gabriel Pereyra

Se le atribuye al político alemán Otto Von Bismarck la frase “El político piensa en la próxima elección, el estadista, en la próxima generación”. Los humanos somos seres complejos, pero, quizás por eso mismo, tenemos la capacidad de explicarnos a nosotros mismos. Somos capaces de abordar el cerebro, un órgano que tiene más neuronas que estrellas hay en el Universo, y desentrañar pequeñas partes del misterio que nos hace una especie única y superior en el uso de la razón.

Si tenemos esa capacidad, ¿no es elemental que los ciudadanos les exijan a los gobernantes que hagan uso de la razón? ¿No hemos madurado como especie lo suficiente como para que, al menos las vanguardias, les reclamen a los gobernantes que así como están informados de la economía mundial lo estén sobre los avances de las ciencias que buscan explicarnos y con ello explicar los comportamientos sociales que se convierten en asuntos de primer orden a atender para los gobiernos? Las sociedades contemporáneas, a pesar de conocer más que cualquier otra sociedad en la historia humana, viven con miedos. Entre ellos está el miedo a la violencia y al delito, que, aunque parezca, no son la misma cosa. Atemperar esos miedos, que no eliminarlos, porque ya están en nuestra biología, es una de las tareas de los gobernantes. La uruguaya es una sociedad marcada por el miedo. No importan las comparaciones. No importa si, viviendo en el continente más violento del mundo, somos uno de los países más pacíficos. No importa nada, ante el miedo la gente quiere respuestas, muchas veces porque las busca de la misma manera irracional con que actúan quienes generan esos miedos. ¿Por dónde empezar a combatir la violencia? Cualquier respuesta que no apunte a reprimir al violento, al delincuente, sonará relativista, contemplativa para con los bandidos. Pero un acto de violencia o la comisión de un delito es un episodio que puede ser explicado y razonado por un observador imparcial. Las causas del delito y la violencia están muy estudiadas y aunque haya más de una teoría, hay algunas que son concluyentes en cuanto a los comportamientos humanos. Las neurociencias han descubierto que podemos ser seres más empáticos, menos violentos, si nuestra crianza se da de determinada forma y no de otra. Nunca eliminaremos a los seres violentos, así como nunca eliminaremos el delito, pero si comprendemos, aceptamos y ponemos en práctica medidas que tengan en cuenta estas investigaciones muy serias sobre cómo actúa el cerebro de los humanos, seguramente promoveremos una generación de ciudadanos mejores. Básicamente: un ser humano que vive sus primeros seis meses entre caricias, sin pasar necesidades, atendido como un ser único e irrepetible, tiene muchísimas más chances de ser en el futuro una mejor persona que si crece en medio de la hostilidad, la tensión, con padres ausentes, con frío, oliendo a basura. Hace poco un pediatra me contó que atendió a un bebé que tenía escaras en la piel de una dimensión que le impresionaba a él, al que ya pocas cosas le impresionan. Los padres, o quienes presuntamente lo cuidaban, lo tuvieron con el mismo pañal casi cuatro días. ¿Nadie se dio cuenta que lloraba de un insoportable dolor? Otro pediatra, José Pérez Roselló, me transmitió una frase de cabecera de los cuidados en la primera infancia: “El niño es el padre del hombre”.

La genial frase da vuelta la lógica de la mirada sobre la crianza. Incluso interpretada linealmente, porque como dice Díaz Roselló, los niños forman y transforman la vida de los mayores, los hacen mejores personas. Pero cuando esa empatía se rompe, o cuando nunca existió, no hay buenas personas hoy ni, casi seguro, las habrá mañana. ¿Y cómo se hace para que la gente sea mejor y contribuya a hacer mejor a la futura generación? No se me ocurre otra cosa que tener gente educada. Hablo de gente que diga gracias, disculpe y por favor o que sepa cómo cuidarse y cómo cuidar al otro, que sepa de dónde venimos para tener alguna idea de hacia dónde queremos ir, que sepa discernir qué cosas le han hecho mal a la humanidad y cuáles no. Gente educada. No genios de la ciencia o las artes, que también, sino gente común y corriente, la que forma vecindad, la que cuida del hijo del otro como si fuera el propio, la que empatiza con el más débil en vez de someterlo. ¿Es esto una garantía 100 por ciento? Las sociedades más educadas forzaron a otras a la pobreza y la esclavitud, pero el paso del tiempo y el consenso general nos lleva a admitir que eso estuvo y sigue estando mal. En un nivel superior de educación o de comprensión, podemos empezar a exigir a quienes tienen cargos de poder que asuman que una cosa es la violencia, que es inmanente al ser humano, y otra el delito, que es una creación del ser humano. La diferencia es tan sustancial que no logro entender cómo no se entiende por quienes están obligados a entender. Pero siendo cosas diferentes, si atendemos a la primera, quizás podamos lidiar mejor con la segunda. Si solo atendemos la segunda, quizás logremos que las rapiñas bajen, pero nos seguiremos matando en los dormitorios, les seguiremos quebrando los brazos a nenes de cuatro años, odiaremos al vecino como a nosotros mismos, ya que cada año tenemos 800 suicidios. No tengo dudas de que la tribuna optaría por poner la urgencia en el delito y no en la educación. No tengo dudas de que la voz del pueblo no es la voz de Dios. Dudarán de ello los que mandan. Comienza una nueva etapa política en el país. Hay cosas que cambiarán y otras que no. Hay cosas que cambian a pesar de los gobiernos y otras que a pesar de ellos se mantienen incambiadas. Hay cosas que dan pequeños resultados a corto plazo pero que con el paso del tiempo, brevísimo, vuelven a su cauce, y hay otras que lleva años cambiarlas pero que cuando cambian se afianzan y perduran un poco más. De las primeras, se encargan normalmente los políticos, generalmente para obtener réditos inmediatos y propios. De las segundas, se encargan los estadistas, pensando en que de ellas se beneficiarán y obtendrán el crédito los hijos de sus hijos. En esta nueva etapa política en la que entra Uruguay, hago votos para que el éxito no solo acompañe durante cinco años, sino que deje una herencia bendita, esa que, como lo esencial, es invisible a los ojos.

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