Cincuenta años de Anagrama

La biblioteca imprescindible

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Nº2041 - al de Octubre de 2019
Eduardo Alvariza

Allí están esos libros de color amarillo. O los grises. O los de lomo blanco. O la colección de compactos. En todo caso, cualquier biblioteca hogareña de nuestros días —cada vez son menos; la gente prefiere exhibir televisores cada vez más grandes— debe contar en sus estantes con libros de Anagrama, la editorial catalana fundada por Jorge Herralde en abril de 1969, hace 50 años. Los libros de Anagrama necesariamente hablan de una generación que se formó en la lectura a mediados de los 80, que descubrió y se deslumbró con Sam Shepard, Charles Bukowski y Raymond Carver, tres de las primeras estrellas de la casa. Si uno observa detenidamente una biblioteca ajena y encuentra escritores en común con la propia, siente empatía, afinidad. Pero si encuentra libros de Anagrama, siente parentesco.

Hablar de literatura es hablar de autores, de hombres y de mujeres que escribieron sobre todo lo vivo y lo muerto que hay en el planeta. Pero muy excepcionalmente es hablar de editoriales. Anagrama es una de esas raras excepciones, un sello que genera el mismo cariño que puede generar un gran escritor e igual respeto. Si está en Anagrama, es por algo.

Decir Anagrama es decir Thomas Bernhard, Richard Ford, Paul Auster, La conjura de los necios de John Kennedy Toole (uno de los grandes bombazos de la casa), Patricia Highsmith, Hunter Thompson, Baudrillard, Kapuscinski­, Tom Wolfe y el nuevo periodismo, Hanif Kureishi, John Fante, el primer Murakami (La caza del carnero salvaje), el deslumbrante Matadero Cinco de Kurt Vonnegut, los inseparables McEwan, Barnes y Amis y el enorme descubrimiento en letras hispánicas de los últimos tiempos: el chileno Roberto Bolaño, el único escritor —según Herralde— con semblante clásico, arquetípico, que vivía a pura austeridad en un pequeñísimo departamento con una mesa, una silla y un ordenador como únicos muebles. Y vendiendo bisutería en la Costa Brava para comer y mantener a su familia y poder escribir. Bolaño podía estar encerrado en su casa días y días, al fin y al cabo ese es el oficio del escritor. Pero su maravillosa literatura gritaba a los cuatro vientos la vieja consigna beatnik: “Déjenlo todo nuevamente. Láncense a los caminos”.

Hablar de literatura es hablar de autores, de hombres y de mujeres que escribieron sobre todo lo vivo y lo muerto que hay en el planeta. Pero muy excepcionalmente es hablar de editoriales. Anagrama es una de esas raras excepciones, un sello que genera el mismo cariño que puede generar un gran escritor e igual respeto. Si está en Anagrama, es por algo.

Pensar que la editorial nació publicando textos políticos, marxismo y maoísmo para principiantes, ensayos cortos de Sartre, ideas pinchudas que le tocaban los cojones a la censura franquista con títulos en los que abundaban las palabras “materialismo” o “alternativa democrática”.

Curiosidades: uno de esos primeros títulos fue Tupamaros, de Antonio Mercader y Jorge de Vera, rigurosamente secuestrado por los sabuesos del Generalísimo. Los educadores de Franco no solo desaconsejaban la literatura comunista o con tufo rojillo; también la emprendieron contra Los cantos de Maldoror, de Lautréamont, contra el hachís de Walter Benjamín y contra las conversaciones con Pasolini.

Cuando la gente se hartó de leer sobre política, cuando España en cierta forma sanó sus heridas, Herralde tuvo la ocurrencia de virar hacia la ficción, que sigue tratando con la realidad pura y dura pero con mayor desenvoltura y libertad. Y en lugar de libros sobre ordenamiento social proletario comenzó a publicar la lúcida y beoda visión de un sujeto que estaba harto de todo, como el aguafiestas Bukowski. Y Hank, con culos, tetas y eructos se transformó en un bálsamo, un superventas como dicen los españoles, de la colección Contraseñas, iniciada en la segunda mitad de los 70. ¿No has follado ayer? Se nota. En los actuales tiempos de afiebrada corrección política nadie se atrevería a escribir como el viejo Chinaski, que habla muy suelto de cuerpo de negros, judíos, maricas y zorras ligeras de cascos.

A principios de los 80 Herralde refuerza la idea de la buena literatura por encima de todo: nace Panorama de Narrativas, los libros de tapas color vainilla o la “peste amarilla”, como la llamó José Manuel Lara Hernández, el capo de la multinacional Planeta. Y el primer título fue Dos damas muy serias, de Jane Bowles, antaño la señora de Paul Bowles. Hay una anécdota muy buena de Jane, cuando volvía de Europa hacia Estados Unidos en un transatlántico. Estaba en la cubierta leyendo Viaje al fin de la noche. Se le acerca un señor y le dice: “Ajá, así que leyendo a Céline”. Jane lo mira y le devuelve: “Es el mejor escritor del mundo”. Y el tipo remata: “Yo soy Céline”.

Si nos fijamos bien en nuestras bibliotecas, todos estamos contaminados con esos lomos amarillos que han entrado en nuestras vidas y tanto tiempo han pasado en la mesa de luz, en la hamaca paraguaya, en la playa, alguno olvidado en un ómnibus.

Curiosidades: todavía veo en el sillón de lectura de la casa de un amigo, abierto hacia abajo y aplastado como si un enorme culo se hubiese sentado encima, El fin del mundo, la voluminosa novela de Coraghessan Boyle. Casi me muero. No, así no te presto más libros.

Tipo raro este Herralde, cuyas primeras lecturas fueron, debido a la censura franquista, en editoriales sudamericanas como Losada, Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI y Emecé. Es un ejercicio interesante sacarle las fichas en Un día en la vida de un editor (Anagrama, 2019, 467 páginas, la colección verde para más datos). Respetado por todos y voraz lector desde una temprana tuberculosis que casi lo deja fuera de combate, con un olfato increíble, medio amarrete —así lo dan a entender los escritores— para pagar adelantos. No anda tecnificado. No derrapa con el celular. Twitter y Facebook los deja para los funcionarios de la editorial. Él sigue pensando en leer manuscritos (es fanático de los diarios de escritores), en comer bien y beber igual de bien y en disfrutar —y a veces sufrir— con su amado Barça. Dicen que Guardiola, gran lector, salió a la cancha de Wembley en 1992 para disputar la final contra la Sampdoria, hinchado de alegría por haber terminado en el vestuario Bella del Señor, una novela de Albert Cohen que en su momento fue otro de los bombazos de la colección amarilla.

Curiosidades: ¿Ud. es escritor, periodista, ensayista? Haga un buen libro sobre Luis Suárez y lléveselo a Herralde. Es la llave para que un uruguayo entre en Anagrama. Pero no debería ser un ensayo cualquiera sobre Suárez. Podría estar bien de información, la cantidad de fuentes consultadas, los cruces de perspectivas, pero no sería descabellado que Herralde devolviese el manuscrito con un consejo para este autor y para todos los siguientes: “Desarrollad vuestra legítima rareza”.

Como él mismo lo dice, su función es la de “un barquero que traslada un texto desde la orilla de la literatura, que es el autor, hasta la orilla de la lectura, que está en las librerías”.

Para festejar el medio siglo se ha editado una nueva colección: 50 Anagrama, con algunos de los títulos más emblemáticos de la casa.

Las memorias de este editor catalán, que están distribuidas entre varios textos y reportajes que versan sobre escritores, editores, homenajes y visitas a ferias del libro, no hablan tanto de su vida como de su trabajo. Y están plagadas de buenas citas. Por ejemplo, de Ballard: “La gente nunca es tan feliz como cuando se pone a inventar vicios nuevos”. Por ejemplo, de Camus: “Soy de izquierdas, a pesar de la izquierda y a pesar de mí mismo”. Por ejemplo, de Kafka: “Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Por la tarde, fui a nadar”. Por ejemplo, de Bolaño: “El mundo está vivo y nada vivo tiene remedio y esa es nuestra suerte”. O esta que se atribuye a García Márquez hablando de Monterroso: “La sabiduría suprema solo se encuentra en una falta de seriedad mortífera”. Una vez más: hay que leer a Kafka, a Dostoievski, a los más serios para encontrar el mejor humor.

Pensar que la editorial nació publicando textos políticos, marxismo y maoísmo para principiantes, ensayos cortos de Sartre, ideas pinchudas que le tocaban los cojones a la censura franquista con títulos en los que abundaban las palabras “materialismo” o “alternativa democrática”.

Herralde parecería ubicarse en la zona confortable de la izquierda exquisita, paqueta. Con el tiempo, la literatura le enseñó a no ser tajante políticamente, a poner matices.

Anagrama ahora pertenece al grupo italiano Feltrinelli, una enorme empresa familiar que consta de una editorial y de una cadena de librerías, con más de cien locales en Italia. La editorial hizo la primera traducción mundial de Cien años de soledad. Tipo extravagante su fundador, Giangiacomo Feltrinelli. Comunista, integrante del Gruppi di Azione Partigiana (GAP), que quería romper todo en los años de plomo. Un señor llegado de la izquierda millonaria, deseoso de ingresar con todo su dinero en la radicalidad política y al mismo tiempo en la vanguardia cultural. Y con ideas medicamentosas como construir una Cuba en Cerdeña. Giangiacomo murió en 1972, igual que un malo de James Bond: un artefacto con el que pretendía ocasionar un apagón total en Milán (!!!) explotó en sus manos. Era amigo de Fidel y pensaba editar sus memorias. Hubo dos años de entrevistas, pero finalmente Fidel no se sintió cómodo con algunas preguntas y todo quedó en nada.

La viuda de Giangiacomo, Inge Feltrinelli, fue quien levantó la antorcha y siguió con la editoral y las librerías. Era amiga de Herralde. Y Carlo, hijo de Inge, finalmente cerró el negocio con Anagrama. No sabemos cuál será exactamente el papel del catalán —pero no independentista— en esta nueva etapa de la editorial.

Curiosidades: la primera reseña literaria que hice fue de un libro de Anagrama. Me lo dio Gustavo Fuentes cuando su distribuidora estaba en la desaparecida Galería Costa. Gustavo revolvía unas cajas en el piso, a cuatro patas. Entré en el local y dije que me gustaría reseñar El libro de la yerba. Me escaneó de arriba abajo, rápidamente. Se levantó y me dio el libro. Un fenómeno, Gustavo, y toda su buena onda sigue imperando actualmente en Gussi, con Álvaro, Guillermo y Gonzalo Fuentes, y con el resto de los muchachos.

Otra curiosidad: Gussi fue la primera distribuidora de Anagrama en América del Sur.

Hoy, con sus 84 años, Herralde festeja merecidamente el medio siglo de una editorial artesanal que él creó y sostuvo con asombrosa constancia, escogiendo y promocionando los mejores libros, a pesar de los cambios de costumbres, a pesar del libro electrónico, a pesar de las vanidades y las rabietas y las mañas de algunos escritores (muchas veces reconoció que sería menor el problema si editara solo a autores muertos), a pesar de gobiernos conservadores y de jerarcas ultraliberales que querían liberar el precio del libro, pero pondrían el grito en el cielo si se tratase de liberar la sexualidad de sus esposas e hijas. Para Herralde, el acto revolucionario de hoy es leer novelas, ensayos y cuentos. Y que les den por culo a las ideologías.

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