Leche (Daniel Hendler), Javi (Jorge Temponi) y Seba (Alfonso Tort), en el murito, 18 años después

A 18 años de 25 Watts

La película que lo cambió todo

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Nº2041 - al de Octubre de 2019
Juan Andrés Ferreira

El slogan de 25 Watts sintetiza su argumento: “Un barrio, tres pibes, veinticuatro horas”. La película es precisamente eso: lo que ocurre con Leche (Daniel Hendler), Javi (Jorge Temponi) y Seba (Alfonso Tort), tres jóvenes de barrio, un sábado de verano en Montevideo. No pasa nada y pasa de todo. Y una generación entera tiene presente en la retina de su memoria alguno de los episodios vividos por el trío protagónico y los personajes con los que se cruzan. El Leche fumando en el cuarto y escuchando los Mockers mientras conjuga el verbo essere para el examen de italiano. El repartidor de pizza que fue blandengue y que perdió el trabajo por culpa de “las voces”. El Leche y Javi mirando la tele y usando a la abuela como antena. La Atari escondida abajo de la cama. La publicidad de fábrica de pastas Su Señoría. Seba fumando porro con “los valores”. Leche, Javi y Seba en el murito, pasándose la botella de cerveza.

Dirigida por Juan Pablo Rebella (1974-2006) y Pablo Stoll, 25 Watts se estrenó mundialmente en enero de 2001 en el 30º Festival Internacional de Cine en Rotterdam, donde fue distinguida como Tiger Award (mejor película) y Moviezone Award (premio del Jurado Joven), iniciando un exitoso recorrido por más de 100 festivales internacionales. A 18 años de su estreno uruguayo (se presentó por primera vez en la clausura del Festival Internacional de Cine del Uruguay), la película vuelve a las salas de cine, con proyecciones especiales en Cinemateca (del 10 al 16 de octubre a las 21) y en la Sala B Auditorio Nelly Goitiño (11, 18 , 25 de octubre y 1º de noviembre a las 19). 

25 Watts se rodó en Montevideo, principalmente en el barrio La Blanqueada, en 23 días de febrero de 2000, con una cámara alquilada en Buenos Aires. La filmación de esta película fue el resultado de un proceso que se inició bastante tiempo antes.

Rebella y Stoll se conocieron en 1993 en la Universidad Católica, donde estudiaron Ciencias de la Comunicación. Formaron parte de la primera generación que cursó la orientación Narración Creativa, que era lo más parecido a estudiar lenguaje cinematográfico. Se hicieron amigos al poco tiempo de conocerse. Tenían mucho en común, especialmente en lo que refiere a gustos musicales, cinematográficos y televisivos. Iban seguido a Cinemateca y alquilaban películas en Video Imagen Club. “Y de lo que más nos gustaba hacer era pasarnos hablando de esas películas de forma para nada académica y fantaseando con hacer videos y cosas que representaran lo que nos gustaba ver”, contó Rebella en Breve historia de 25 Watts, relato que puede encontrarse en la web de Control Z, la productora fundada por Rebella, Stoll y el productor ejecutivo y montajista Fernando Epstein para distribuir su primer largo y desarrollar otros proyectos cinematográficos (Whisky, Acné, Gigante, entre otros). Y lo que por entonces les gustaba ver era, en palabras de Rebella, “el cine independiente estadounidense, las películas de Tarantino y el cine independiente europeo menos intelectualizado”.

En 1996, un sábado de noche, Rebella, Stoll y otro amigo y compañero de facultad, Arauco Hernández, fueron al cine y vieron Labios de churrasco (1995), del argentino Raúl Perrone. Al llegar se encontraron con otros compañeros de la Católica, Manolo Nieto y Pablo Fernández. Algunos espectadores se retiraron de la sala antes de que la película terminara. Al finalizar la proyección, se había generado en el grupo una especie de división entre dos bandos. Por un lado estaban los que habían quedado encantados con la película y no paraban de hablar de ella. Por el otro, los que no se habían enganchado tanto. Hernández, Rebella y Stoll estaban en el primer grupo. “Había algo en ella que nos fascinaba”, recordaba Rebella. “Estaba hecha en video, era en blanco y negro, casi todos los actores parecían no profesionales y por eso tenían mucha credibilidad y sobre todo, no tenía ni ‘mensaje’ ni una trama definida, era una sumatoria de escenas en las que ‘no pasaba nada’ y todas tenían algo interesante. Lo mismo que sucedía en algunas de las películas que más nos gustaban. Y además el humor tenía algo absurdo y costumbrista al mismo tiempo que nos atraía mucho”. Labios de churrasco era la demostración patente de que hacer una buena película no parecía tan difícil. “Me acuerdo de sentir lo mismo que por determinado tipo de rock: cualquiera puede tocarlo sin saber demasiado de música y sin demasiada tecnología, lo bueno pasa por otro lado”.

Así surgió Stooges, el proyecto de un corto en VHS, que Hernández, Rebella y Stoll empezaron a escribir y pensaban grabar durante el verano, un verano, cualquier verano. “Éramos bastante patéticos, nos aburríamos mucho, ninguno de los tres tenía novia y nos pasábamos mirando cable, que además era robado”, recordaba Rebella en una nota publicada en El Observador. “De esa época es la idea de hacer que la acción se desarrolle en 24 horas”, dijo Stoll durante una breve charla con Búsqueda el miércoles 9. Entre los tres escribieron escenas sueltas sobre tres tipos —versiones ligeramente distorsionadas de ellos mismos: Seba (Hernández), el Leche (Rebella) y Javi (Stoll)— que se encontraban la mañana después de salir y pasaban ese día juntos, sin mucho que hacer. Las escenas estaban separadas con intertítulos, y cada intertítulo refería a una canción diferente de The Stooges, la banda de Iggy Pop de mediados de los 60. Al final, los tres se ponían a escuchar un casete con las canciones mencionadas, entre las cuales estaba No fun, concepto clave en esta historia.

Los tres generaron la rutina de juntarse a escribir, aunque no llegaron a filmar ni grabar nada, mucho menos a tener un guion propiamente dicho. Aquello era una colección de viñetas, un rimero de situaciones que reflejaban vivencias y apetencias. Pasó el tiempo, grabaron algunos cortos, egresaron de facultad, Hernández se fue a México, y a pesar de que ya estaban trabajando cada uno en lo suyo, Rebella en publicidad y Stoll en Tevé Ciudad, la idea de hacer algo a partir de lo planteado en escenas sueltas de Stooges seguía seduciéndolos. Rebella y Stoll volvieron a la rutina de escritura, ahora con mayor conciencia de que lo que escribían iba a transformarse en una película, es decir: lo que escribían tenía que tener sentido, no solo ser gracioso, ocurrente o cool. Las primeras versiones del guion, titulado Maldición Ultratón, tenían algunas secuencias ingeniosas y ciertos truquitos que se fueron depurando o incluso eliminando. Había una escena en la que Leche llama por teléfono a Beatriz, la profesora de italiano, desde una sala de maquinitas, y en la que se insertaban gráficos que mostraban, como en los videojuegos, las “vidas” del Leche mientras intentaba seducir a la professoressa.

El título Maldición Ultratón no cerraba del todo. Rebella había elaborado una lista de 60 títulos posibles, entre los que se encontraban Estuches, Envases vacíos y 25 watts. Este último era el de una canción del propio Rebella y su banda, Motivos Navideños (que en realidad era solo él, que grababa en su cuarto). El tema, que aparece en los créditos finales de 25 Watts, condensa en su letra el espíritu del filme, con sentencias como “El bostezo es mi grito de guerra”, “Vos hablando de cambiar este mundo, yo no puedo ni cambiar de canal” o “Si mi idea más genial fue de 25 watts”. Hay un diálogo en la película que hace referencia al título. A su vez, Motivos Navideños, junto a Venganza Tolengo, es mencionada por Javi y el Leche. “El título se lo pusimos en la madrugada que terminamos de pasar el guion en la computadora para mandarlo al FONA”, recuerda Stoll. Hendler y Federico Veiroj fueron hasta su casa esa mañana para hacer las copias del guion que tenían que presentar al FONA y fue ahí cuando decidieron que 25 Watts era el título indicado. Veiroj acabaría teniendo un pequeño papel en la película, además de desempeñarse como continuista.

El guion recibió una mención en el FONA, aunque con un llamado de atención: tenía muchas “malas palabras”. Ganó el primer premio del Fondo Capital, que consistía en US$ 15.000. La suma, junto a lo obtenido en otros concursos, no era suficiente para financiar el proyecto, con un presupuesto estimado en US$ 150.000 (al final terminó costando US$ 250.000). Tenían la opción de hacerla en video, lo que abarataría costos, pero ellos querían rodarla en fílmico. No era un capricho: grabar en video abarataba y posiblemente les diera más tranquilidad, pero limitaba demasiado la proyección internacional. El plan, entonces, fue filmar en 16 mm y hacer el pasaje a 35 mm.

Aquí es cuando entró a la cancha Fernando Epstein como productor ejecutivo. Él fue el encargado de encontrarle la vuelta para hacer mucho con poco. Consiguieron que la universidad les prestara el estudio para hacer el casting y obtuvieron descuentos en la compra de materiales gracias a la Fundación Universidad del Cine de Argentina. Formaron una cooperativa en la que cada involucrado en la producción cobraría un porcentaje de acuerdo al tiempo de trabajo. “Si nos iba mal, Fernando, Juan y yo asumíamos la deuda, pero les pagábamos a todos”, cuenta Stoll. Para el pasaje de 16 mm a 35 mm faltaban US$ 10.000. Hendler, que venía de hacer una exitosa publicidad en Argentina, les prestó ese dinero. Y así fue que 25 Watts pudo llegar a Rotterdam.

Epstein trabajaba como editor en la productora Imágenes. La productora les cedió la isla de edición en los horarios que quedara libre, esto es, entre la medianoche y las seis de la mañana. Y siempre y cuando no afectara ni el tiempo ni el trabajo de Epstein. “Estuvimos un año editando”, recuerda Stoll. “Editábamos de ocho de la noche a las tres de la mañana”. Si bien Epstein ya había trabajado antes junto a la dupla de realizadores, esta fue su primera experiencia como productor ejecutivo y montajista en un largometraje. Antes se había encargado de la edición de Víctor y los elegidos (1993), una suerte de borrador, un testeo de lo que querían hacer en su primera película. Víctor y los elegidos es un corto de 11 minutos, filmado en blanco y negro, que transcurre durante las primeras horas de la mañana en una casa de verano en Santa Lucía del Este. Como 25 Watts, comienza con un sobreimpreso indicando la hora. Está protagonizado por Hendler y Veiroj, que a su vez habían dirigido a Rebella y Stoll en 31 de diciembre, corto en blanco y negro, filmado el mismo fin de semana y en la misma locación que Víctor y los elegidos. Como en 25 Watts, los personajes también deciden quién hace o no hace algo recurriendo al piedra-papel-tijera.

Rebella y Stoll escribieron un texto breve acerca de la experiencia de haber hecho 25 Watts. El texto, de tres páginas, se llama Glosario, y comienza con la palabra amigos: “La película se hizo entre amigos y para amigos. Nunca pensamos que la fueran a ver personas que no fueran nuestros amigos. Pero cuando alguien la ve, digamos en los países bálticos, y le gusta, bueno, nos hicimos un poco amigos”. En Glosario también se cuenta la siguiente anécdota: “Una vez, en Francia, después de una función de la película se nos acercó un pibe más o menos de la edad nuestra y nos dijo: ‘Gracias por retratar los últimos cinco años de mi vida’”. Podría decirse que en estas dos entradas se acercan al corazón de 25 Watts. Rebella y Stoll escribieron sobre lo que conocían y, al hacerlo, encontraron un lenguaje, una forma de filmar. Lo hicieron con la frescura, el ingenio, el amor y el humor con el que se le cuenta una historia a un amigo.

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