Políticas culturales para nuevos relatos

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Nº2040 - al de Octubre de 2019
por Pau Delgado Iglesias

La semana pasada, el candidato Daniel Martínez se reunió con artistas y referentes de los distintos sectores culturales (música, literatura, cine, artes escénicas, artes visuales) para conversar sobre las necesidades específicas de cada sector de cara a un próximo gobierno. Varias de las personas presentes enfatizaron la necesidad de trabajar en políticas que garanticen el acceso igualitario a la cultura para hombres y mujeres, así como para personas afro, en situación de discapacidad, nivel socioeconómico bajo y otros ejes de discriminación.

Esta semana, la Asociación de Trabajadores de Educación y Cultura organizó un encuentro con representantes del Partido Colorado, el Partido Nacional y el Frente Amplio para conversar y debatir acerca del futuro de las políticas culturales, a partir de los Programas de Gobierno 2020-2025. Ante la pregunta de cómo se debe abordar el tema de las desigualdades de acceso y la opinión sobre el establecimiento de “cuotas” en cultura, las respuestas fueron esquivas. Gabriela Pallares, representante del Partido Colorado, explicó que su sector prefiere basarse en la idea de “méritos”. Horacio Urrutia, del Partido Nacional, estuvo de acuerdo con la idea del “mérito”, aunque reconoció que no todas las personas tienen las mismas oportunidades. Por otro lado, Roberto Elissalde afirmó que el Frente Amplio ha aplicado cuotas en algunas oportunidades y que siempre se ha trabajado por “el problema de la representación”, pero que “no necesariamente tiene que haber una grilla” preestablecida.

Lamentablemente, las respuestas dejan demasiado abierto el problema de la desigualdad de acceso. Como afirman Brook, O’Brien y Taylor (2018): “La idea de una industria justa y diversa es fundamental para las discusiones actuales sobre los trabajos culturales y creativos”. Sin embargo, como su informe para el Reino Unido demuestra, “las industrias culturales y creativas están marcadas por importantes desigualdades”. En particular, observan que el sector está atravesado por fuertes exclusiones de las personas de origen social de clase trabajadora o clase baja y, en un análisis interseccional, son las mujeres y las personas afro y de otras minorías étnicas quienes enfrentan las mayores barreras.

Para los autores, resulta preocupante la incapacidad de quienes trabajan en el sector de visualizar estas barreras de acceso: la mayoría de las personas encuestadas respondieron que el éxito en el sector dependía principalmente del talento y el trabajo duro (en definitiva, lo que se entiende como “mérito”). El problema es que la creencia en la meritocracia implica “que poco o nada debería cambiar”. Particularmente preocupante, señalan Brook, O’Brien y Taylor, es el hecho de que “las personas que están en la mejor posición para efectuar el cambio, son las mismas personas que más apoyan la explicación meritocrática”, y que, además, coinciden en ser “hombres blancos de altos ingresos”.

Aunque en Uruguay los datos sobre desigualdades de acceso no están sistematizados, se puede afirmar que la realidad nacional está plagada de ejemplos donde la falta de diversidad resulta vergonzosa. En términos específicamente de género, se repiten ejemplos como festivales de música organizados con fondos públicos donde no figura ninguna artista mujer o museos nacionales con una representación anual de exposiciones individuales de 17% mujeres frente a 83% hombres; las diferencias se encuentran también en las artes escénicas, el cine, el carnaval, y, en general, en todos los sectores creativos sin distinción. Los argumentos usualmente esgrimidos (“no hay tantas mujeres dedicadas a eso” o “la calidad de las artistas mujeres no es la misma”) han sido ya ampliamente rebatidos, pero las desigualdades persisten, y es precisamente por eso que se necesitan políticas claras y concretas.

Esta semana, en Argentina, la senadora Norma Durango presentó en el Congreso de la Nación el proyecto de ley que crea el Observatorio para la Igualdad de Género en la Cultura. Entendiendo que “la presencia de las mujeres en el campo de la cultura y el acceso a la toma de decisiones en materia de políticas culturales, al igual que en otras esferas de participación social y política, no tiene una correspondencia con su presencia demográfica”, el observatorio se propone sistematizar toda la información relacionada con el rol de las mujeres en la cultura de ese país.

Probablemente esta medida resulte demasiado “radical” para los partidos uruguayos, que abiertamente manifiestan preferir no atarse a leyes ni cuotificar grillas y seguir creyendo en una meritocracia que no contempla las desigualdades estructurales ni la falta de privilegios a los que se enfrenta un porcentaje mayoritario de la población. Pero mientras la producción cultural nacional siga estando en manos de una minoría, se seguirán escuchando una y otra vez las mismas historias repetidas. Y ya es tiempo de contar nuevos relatos.

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