Si solo fuese un café

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Nº2065 - al de 2020
Por Antonio Pippo

Suele haber pequeños sitios en grandes ciudades que se convierten, por pura casualidad o por la tenacidad de unos emprendedores, en una suerte de cosmos de cultura popular cuya irradiación se va extendiendo en el tiempo.

Son lugares que dan a luz, además, a historias que se convierten en significativas no solo para la sociedad que los alberga, rodeándolos a veces sin abrir sus puertas, sino para el resto del mundo adonde llegan noticias de las sorprendentes circunstancias allí acuñadas.

Le presento, lector, uno de esos sitios, quizás el más notorio y aún vigente en el Río de la Plata, apelando a un breve verso de Belisario Roldán:

A pesar de la lluvia yo he salido / a tomar un café. Estoy sentado / bajo el toldo tirante y empapado / de este viejo Tortoni conocido.

El Café Tortoni lo tiene —lo ha tenido desde el comienzo— todo. Hasta debates cuasi increíbles. Ya nadie discute que fue inaugurado en 1858 por un francés conocido por monsieur Touan, del que poco se sabe y quien eligió el nombre al recordar que así se llamaba un establecimiento similar del boulevard des Italiens, en París; aquellos que han discrepado se estrellaron contra la mención que Stendhal hace, en su novela Rojo y negro, escrita en 1830, de un café Tortoni en la capital francesa. También se ha dicho que su ubicación inicial no fue en la intersección de Rivadavia y Esmeralda, antes de la construcción de la avenida de Mayo, como han sostenido algunos investigadores, sino en Defensa al 200. Al respecto solo ha sobrevivido, además de la tradición oral, el descubrimiento del historiador Enrique Puccia de que en la Guía de Buenos Aires de la época, el Tortoni figuraba en la calle Defensa, aunque admite que al poco tiempo pasó a Rivadavia, que todavía no era avenida.

Luego, el vendaval de la historia. 

Touan lo vendió alrededor de 1878 y los sucesivos dueños han sido muy numerosos hasta hoy, que son los socios del Tourign Club Argentino. La avenida de Mayo, construida en 1882, recortó parte del predio del café. El Tortoni perdió el fondo de su terreno pero los propietarios de entonces lo conservaron y le construyeron una más lujosa fachada con dos pisos y sótano.

Precisamente allí, para mayor comodidad de sus integrantes, Benito Quinquela Martín creó la peña Agrupación Gente de Artes y Letras. Entre los miembros figuraron Fernández Moreno, Alfonsina Storni, Roberto Arlt, Ortega y Gassett, Borges, Raúl y Enrique González Tuñón, Albert Einstein y Federico García Lorca. Allí Gardel, que tenía su mesa arriba, sobre un rincón, para disfrutar de sus amigos e invitados y evitar la presión de los admiradores, cantó dos veces, una de ellas en homenaje a Luigi Pirandello, que había viajado para dar una conferencia. Allí hubo un piano Steinway que tocó repetidamente Arturo Rubinstein y que tuvo su propia historia: cuando la peña cerró, en 1943, ese instrumento fue subastado y los recursos destinados a erigir un monumento al intelectual Fernando Fader en Mendoza.

Ah, pero en el Tortoni jamás faltó la tenacidad.

Entre 1962 y 1974, un grupo de escritores como Abelardo Castillo, Liliana Hacker y Ricardo Piglia, mientras el café ofrecía tertulias de tango en el primer piso, crearon otra peña, sin nombre, pero que dio origen a tres revistas (El grillo de papel, El escarabajo de oro y El ornitorrinco) de breve existencia, aunque esenciales al desarrollo literario en el vecino país. Más cercano en el tiempo, durante varios años, en el viejo sótano se transmitió en vivo y con público el programa La venganza será terrible, de Alejandro Dolina; luego de la tragedia de Cromagnon, en 2004, se decidió trasladarlo a un ambiente más amplio y seguro, el Hotel Bauen.

¿Y el tango? ¿Se redujo a la presencia de Gardel y las tertulias organizadas por los diferentes dueños, sobre todo desde 1930 en adelante, con el agregado del jazz de modo permanente a partir de 1978?

No. El histórico y emblemático café tiene su propio tango, Viejo Tortoni, letra del poeta Héctor Negro y música de Eladia Blázquez, grabado por esta y luego por Susana Rinaldi y Ruben Juárez:

Se me hace que el palco llovizna recuerdos / que allá en la avenida se asoman, tal vez / bohemios de antaño y que están volviendo / aquellos baluartes del viejo café / Tortoni de ahora te habita aquel tiempo / Historia que vive en tu muda pared / Y un eco cercano de voces que fueron, / se acoda en las mesas, cordial habitué…

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