A estos violadores Pelicot no les pedía nada a cambio, asegura su hija en el libro. “Sin embargo, exigía poder filmarlos”. Entre sus archivos digitales la policía encontró más de 20.000 fotografías y videos pornográficos propios, “más cercanas a la barbarie que a simples fantasías sexuales”, relata Darian, que tuvo que verlos en el proceso. Algunos estaban dentro de una carpeta titulada “Abusos”.
Sobre el tortuoso viaje desde que recibió la noticia hasta los días previos al juicio escribe Darian (un seudónimo que une el nombre de sus dos hermanos, David y Florian) en este libro, que tiene la estructura de un diario y empieza el 1 de noviembre de 2020. Aunque Gisèle Pelicot es la protagonista de este drama, Darian expone la sucesión de eventos fatídicos y sus consecuencias desde su propia perspectiva. “Ser hija de la víctima e hija del agresor es una carga terrible”, sentencia.
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Su madre, en tanto, no da entrevistas, pero contará su propia historia en otro libro, que ya está escribiendo: se llamará Un himno a la vida y se publicará en enero de 2026.
Un horror sin precedentes legales
“¿Cómo es mi vida en esos momentos? Tengo cuarenta y dos años, un trabajo que me apasiona, un marido, un hijo y una casa. En otras palabras: una vida sencilla, que no se ve afectada por ningún seísmo. Una vida privilegiada. Aún conservo la inocencia…”. Así se recuerda Darian antes de enterarse de todo.
El primero al que llamó Gisèle Pelicot para notificar que su marido había sido arrestado fue su yerno. Era demasiado abrumadora la información para dársela directamente a su hija, necesitaba apoyo. “Dominique va a ingresar en prisión”, le dijo. “Lo descubrieron filmando bajo las faldas de tres mujeres en un supermercado. Permaneció detenido cuarenta y ocho horas y después lo soltaron. Mientras tanto, la policía inspeccionó su teléfono móvil, varias tarjetas SIM, su videocámara y el ordenador portátil. Los hechos son mucho más graves”, le contó su suegra.
Así empezó todo. Esa transgresión pública en el supermercado fue la primera pieza en caer, la pequeña punta del iceberg. Después, terminaría cayendo toda una red de abusadores orquestada por Dominique Pelicot, hasta entonces, un “confiable” padre de familia.
“No tenemos ningún caso que nos sirva de referencia, ningún precedente al que agarrarnos. Nuestra historia familiar es un verdadero cataclismo”, dice Darian.
Las violaciones empezaron en 2011, y aunque se sabe que los agresores fueron 73, se lograron identificar 50. Es decir que 73 hombres, de entre 26 y 74 años, de todas las clases sociales, de estudiantes a jubilados, violaron a una Gisèle Pelicot totalmente inconsciente.
Según asegura Darian, en la página web en la que se daban las negociaciones entre los hombres y Dominique, su padre presumía de la eficacia de su cóctel químico. “Describe orgulloso el manual de instrucciones, especificando las dosis exactas que hay que tomar y el número de comprimidos (...) que hay que diluir en la comida o el alcohol. Precisa que, si la mujer fuma, eso puede alterar los efectos de la dosis, pero que, mezclado con alcohol, los resultados son aún más convincentes”.
La escritora, que es además una alta directiva de comunicación de una empresa en Francia, se pregunta: “¿Exactamente a cuántas mujeres violó mi padre?”. Más adelante, a medida que avanza la investigación, detalla que una mujer fue violada por Dominique Pelicot “unas 10 veces” entre 2015 y 2020.
Como si esto fuera poco, decide incentivar aún más a algunos usuarios a participar, publicando —en un foro titulado “Sin que lo sepa”— fotos de su entonces esposa drogada y en poses sugerentes. “La viste como una prostituta de baja estofa. Las puestas en escena funcionan”. De los que acceden, la mayoría vive cerca del matrimonio. A los demás, les enviaba croquis de cómo llegar a la casa.
“Ofrecía a su mujer al primer hombre que se encontraba, sin siquiera exigirle relaciones con protección. A veces incluso prohibía el uso de preservativo”, asegura Darian. Es entonces que la escritora se explica los problemas ginecológicos que su madre atravesó los últimos años. “¿De qué más vamos a enterarnos? ¿De que está enferma? ¿De que ha contraído el virus del sida o una hepatitis?”, escribe a los pocos días de la detención de su padre. Afortunadamente, los exámenes de VIH y hepatitis dieron negativo, pero Gisèle Pelicot sí contrajo cuatro enfermedades de transmisión sexual, entre ellas, el virus del papiloma humano. “Es un mal menor si pensamos en los cientos de violaciones que sufrió mi madre en los últimos 10 años. La última se produjo el 22 de octubre de 2020. Así que tendremos que repetir las pruebas a los tres meses y luego a los seis meses para quedarnos tranquilos”.
La escritora, que es además una alta directiva de comunicación de una empresa en Francia, se pregunta: “¿Exactamente a cuántas mujeres violó mi padre?”. Más adelante, a medida que avanza la investigación, detalla que una mujer fue violada por Dominique Pelicot “unas 10 veces” entre 2015 y 2020.
El hombre desconocido
“Yo no vi nada, no sospeché nada. Ni ella tampoco”, asegura Darian. Con la información y los hechos constatados convive, o confronta, la imagen del padre con el que creció. “A pesar de todo, sigue anclada en mí y forma un telón de fondo”. En esos tiempos, previos al juicio, cuando esta otra cara de su padre lentamente empezaba a eclipsar la que ella conocía y quería, soñaba con él, y eran sueños felices. “Cuando me despierto, vuelvo a la pesadilla: ahora. Y echo de menos a mi padre. No al hombre que comparecerá ante los jueces, sino al que me cuidó durante cuarenta y dos años. Sí, lo quise mucho antes de descubrir su monstruosidad”, relata.
Ese hombre monstruoso terminó por matar al otro, solo fue cuestión de tiempo que apagara todos los buenos recuerdos. Porque sus hijos siguieron atando cabos, y entonces entendieron también el porqué de las lagunas esporádicas de su madre: respondían a las drogas —todos medicamentos— que este hombre, su marido, le suministraba a escondidas. Las escondía en una media, dentro de unas botas de montaña, en el garaje de la casa. Cuando se le antojaba, los combinaba y colocaba en la comida y bebida de su esposa: lorazepam, un ansiolítico, y zolpidem, un somnífero potente.
Cada tanto, cuando Darian llamaba a su madre por teléfono (vivían a más de 700 km de distancia, sus padres en la región de Provenza, ella en la región parisina), la notaba desorientada. “Sus ausencias nos preocupaban. (...) Incluso habíamos pensado en un principio de alzhéimer”, recuerda. Cuando se lo comentaban a su padre, él decía: “Vuestra madre no sabe cuidarse, siempre está de aquí para allá, es hiperactiva, es su forma de gestionar el estrés”. Pero los síntomas seguían: no podía dormir, perdía pelo y, en ocho años, adelgazó más de 10 kilos. Eso, obviamente, preocupaba a la propia Gisèle, que temía sufrir un derrame cerebral; “la angustiaba mucho, sobre todo cuando cuidaba de sus nietos o cogía el tren para venir a verme”, dice Darian. Esos síntomas inexplicables la llevaron a dejar de manejar. Mientras su madre perdía autonomía, su padre ganaba autoridad sobre ella.
Algunos de estos pasajes escalofriantes del relato de Darian son interrumpidos (tal vez para quitar, tal vez para sumar, dramatismo) por memorias de cuando eran una familia como cualquier otra: su padre tarareando canciones de Barry White en el auto, su padre haciendo chistes, su padre abrazando a su nieto, su padre a cargo del asador en una cena familiar.
Después, vuelve a cómo también a ella, su hija, y a sus dos nueras, las fotografió drogadas y en ropa interior. “Los violadores no siempre se parecen a los peligrosos psicópatas de las series de televisión. A menudo tienen el aspecto del buen patriarca al que, gustosamente, se lo invita a cenar”.
Gisèle
A esta mujer valiente, que salió erguida a enfrentar las cámaras y el asedio después de pasar por un verdadero calvario, le costaba, en un principio, aceptar los hechos. Debe ser difícil identificarse con imágenes, registros de situaciones tan traumáticas, de las que no se tiene recuerdo. Debe ser casi imposible no caer en la negación cuando, además, hay tanto en juego: una vida entera, una familia.
A Caroline, que en el libro se asume y confiesa más transparente en cuanto a sus emociones y más vehemente que Gisèle, le cuesta entenderla. “A medida que avanza el procedimiento, mi madre se convence de que mi padre necesita ayuda y tratamiento. A veces me reprocha mi virulencia, incluso mi ingratitud hacia él: ‘Olvidas que no siempre fue el diablo que describes. Hizo mucho por ti, pero también por tus hermanos. Yo era feliz con él. Lo quise mucho. Prefiero recordar los buenos momentos. El resto no me ayudará a seguir adelante, y quiero seguir viviendo. Soy así”.
Pero tal vez haya sido esa forma de pararse ante los hechos la que le dio la entereza para levantar su casa, vender los muebles y sepultar un pasado de 50 años. “Frágil, agotada, pero pudorosa, resistente”, la describe su hija. Así, Pelicot dejó su pueblo en la Provenza, la vida que amaba, a la que estaba habituada; dejó sus amigos y las montañas. Para, a los 70 años, empezar a construirse de nuevo. “Se trasladó a otra región donde no conocía a nadie, aprendió a vivir sola, a volver a conducir, a mantener una casa, a ocuparse del papeleo administrativo…, actividades que antes dependían de mi padre”.
“Nunca la hemos visto derrumbarse. Incluso el día en que se enteró de que uno de sus violadores era seropositivo... Y, para colmo, ¡nunca la hemos oído denigrar a nuestro padre!”. En el momento del proceso en que Caroline Darian escribe estos pasajes, habla así de ella: “Parece una reina medieval. Cuello recto, barbilla alta y ni una queja. Ella es la verdadera heroína, de pie en medio de las ruinas”.
Lo que queda de la familia
La hecatombe familiar sacudió la vida de Caroline hasta los cimientos. Empezó a sufrir ataques de pánico, tuvo una breve internación en un hospital psiquiátrico, debió enviar a su hijo al psicólogo para que procesara el distanciamiento y encarcelamiento de su abuelo (aunque no le dijeron la causa), se acercó y se alejó de su madre en varias oportunidades, le reprochó cosas, la cobijó, la cuidó, la cuestionó.
“Mi padre ha conseguido dividir a la familia. Ha dañado lo que más quiero: nosotros. El equilibrio del clan, mis raíces”, escribe. Tan hondo fue el daño que, una de las primeras acciones que tomó fue solicitar el cambio del tercer nombre de su hijo: Dominique. Cuando lo logró, lo celebró como un triunfo. No podía quedar ni un vestigio de ese hombre en la familia. Pero, claro, eso era imposible.
Los daños y las penas siguieron sucediendo. Una instancia tan dolorosa como un juicio, tan larga, tan agresiva emocionalmente —y tan expuesta en este caso—, iba a seguir generando reacciones.
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Florian toma de la mano a su hermana Caroline mientras su madre, Gisèle Pelicot, habla con uno de sus abogados durante el juicio
AFP
El libro termina antes del juicio, justo cuando empezó la segunda parte de la historia. Después de cuatro meses de audiencias, Dominique Pelicot fue sentenciado en diciembre de 2024 a 20 años de prisión, la pena máxima en Francia para un delito de violación. Tendrá que cumplir dos tercios de su condena antes de poder acceder al pedido de libertad condicional.
De los otros 50 acusados y enjuiciados, todos resultaron culpables: 46 de violación, dos de intento de violación y dos de agresión sexual. Sus penas fueron de tres a 15 años de cárcel.
Pero, para Caroline Darian, el veredicto no significó un cierre. Está convencida de que su padre, además de tomar fotos de ella, la violó, y por eso no se lo condenó. “Mi caso, en aquel tribunal, era como si no existiera”, dijo a The New York Times. Cuando se lo interrogó al respecto, aunque siempre lo negó, sus respuestas siempre fueron vagas, a veces contradictorias. “Sé que me drogó, probablemente para abusar sexualmente de mí, pero no tengo ninguna prueba”, dijo Darian, que hoy tiene 46 años, a la BBC. “¿Y cuántas víctimas hay así? No les creen porque no hay pruebas. No las escuchan, no las apoyan”.
La única hija mujer de Gisèle y Dominique Pelicot tiene tres razones para suponer que su padre la violó. La primera es que en las fotografías que le tomó estaba drogada —lo que lo habilitaba a hacer cualquier cosa sin que ella tuviera conocimiento—, la segunda es que la ropa interior que llevaba en las imágenes no era suya, por lo que es evidente que debió desnudarla, y por último, un problema de salud complejo que tuvo en 2019: un desgarro anal sin explicación que la llevó a someterse a tres operaciones y que podría haber sido producto de una violación.
“Nunca la hemos visto derrumbarse. Incluso el día en que se enteró de que uno de sus violadores era seropositivo... Y, para colmo, ¡nunca la hemos oído denigrar a nuestro padre!”. En el momento del proceso en que Caroline Darian escribe estos pasajes, habla así de ella: “Parece una reina medieval. Cuello recto, barbilla alta y ni una queja. Ella es la verdadera heroína, de pie en medio de las ruinas”.
En una carpeta borrada de la computadora de Dominique Pelicot titulada “Mi hija desnuda” los investigadores encontraron fotos de Darian y de su madre desnudas. El hombre las había compartido en internet y, según detalla The New York Times, en las transcripciones de unas conversaciones por Skype Dominique Pelicot decía sobre su hija: “Hace más de ocho años que la ofrezco así. ¿Quieres verla cuando tenía 30 años?”.
Por eso, Darian acaba de presentar su propia denuncia penal contra su padre por agresión sexual y violación. También lo hizo el mayor de sus nietos, que afirma que Dominique Pelicot también abusó de él.
Las denuncias se siguen acumulando: es también sospechoso de dos violaciones —en una de ellas, la víctima además fue asesinada— en 1991 y 1999. Al parecer, su ADN coincide con el encontrado en una de las escenas del crimen.
En algunas entrevistas, Darian ha manifestado estar distanciada de su madre, al no sentirse apoyada por ella en sus propias acusaciones contra su padre. Cuando le preguntaron a Gisèle si pensaba que su hija había sido violada por su padre, respondió que no se podía descartar. “La relación con mi madre nunca volverá a ser la misma”, dijo a The New York Times.
Las secuelas familiares siguen, y afectaron también a los hermanos de Darian. Florian está en proceso de divorcio. Su esposa fue una de las víctimas a las que Dominique Pelicot fotografió. A su vez, a partir de un comentario de su padre previo al juicio, en que sugería que Florian podía no ser su hijo, decidió hacerse una prueba de ADN.
Mientras tanto, la familia hace lo que puede para resurgir. “No sé cómo voy a reconstruirme, cómo voy a superar todo esto”, dijo Gisèle Pelicot. “A mis casi 72 años, no sé si mi vida será suficiente para recuperarme”.
Estas mujeres, Gisèle y su hija, han expuesto su tragedia familiar en un juicio histórico con un propósito, un paso más en la reivindicación de las víctimas de violencia sexual. Dos conceptos quedan, y se suman a la caja de herramientas de las mujeres que puedan haber sufrido una violación: “Que la vergüenza cambie de bando”, y “atención a la sumisión química”. A todas nos puede pasar.
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Seix Barral, 204 páginas, 890 pesos.
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Stop a la sumisión química
Además de escribir el libro, Caroline Darian supo transformar algo de su dolor en una iniciativa con la que se embanderó: la lucha contra la sumisión química. La campaña de “sensibilización y prevención”, llamada #Mendorspas: stop à la soumission chimique (NomeDuermas: stop a la sumisión química), según cuenta en el libro, “fue una oportunidad para iniciar una nueva batalla, para hablar en nombre de las víctimas invisibles, y no solo de mi madre”. La mayoría de las víctimas de sumisión química son mujeres, y casi en el 70% de los casos registrados hay vinculada una agresión sexual; el contexto más habitual es la esfera privada (42,6%) y el agresor suele ser alguien cercano (41,5%).
En cuanto a las sustancias, Darian explica que las más utilizadas son medicamentos: antihistamínicos, ansiolíticos, somníferos, opiáceos (56% de los casos) o MDMA (es decir, éxtasis, 21,9%), y muy poco GHB, la famosa “droga del violador” (4,8%).
Por lo general dejan un efecto residual. Ella lo experimentó con su madre, aunque en aquel momento era imposible que identificara el motivo. Por eso, advierte al lector: “Si le falla la memoria frecuentemente, esté alerta. No dude en pedir consejo y someterse a un análisis toxicológico”.